viernes, 31 de diciembre de 2010

Hoja de ruta


De los Diarios de Alejandra Pizarnik, leídos poco antes de partir, A seleccionó la entrada del 28 de mayo. Después una sucesión cifrada de fragmentos, hoja de ruta que permite recorrer a Alejandra para reconocerse en ella, en A, en el espejo.

28 de mayo
(…) avanzan con sus triciclos entre los tachos de basura. Luego pensé en mi cuerpo, pensé en mis piernas, en mis brazos, en mi penosa manera de respirar, en mi dolor fantasma debajo de cada hueso, muy en lo hondo, muy en lo oculto. (208)

11 de diciembre
Aprender a tocar los objetos, acariciarlos como quien conoce largamente sus misterios. (211)

28 de febrero
Bajó las escaleras admirándose: ¿Quién más en este mundo bajó las escaleras después de que la puerta se cerró?
A veces los rostros ajenos son puertas. Una puerta entreabierta es una sonrisa fatigada que te expresa que te tiene cierta simpatía pero que preferiría que te fueras. (216)

24 de abril
            Mirar un rostro tal como es. Imposible, si una de mis miradas se ausenta en el mismo instante en que miro con excesiva intensidad. Dicho sea de otro modo: como si mis ojos fuesen enemigos decididos a interferirse: el ojo ausente deforma y transforma lo que va recogiendo el fiel testigo, el ojo presente. El huidizo no solicita de la realidad más que un punto negro, un punto de partida desde donde proyectarse hacia no sé qué lejanía indecible en donde remendar con lo apenas entrevisto al perpetuo agujero de ausencia. El otro ojo, por lo contrario, mira de una manera abrumadoramente justa. Mas en vano solicita mi asistencia, pues mi favorito sigue siendo el ojo que invita a irse lejos de mi mirada, lejos de lo mirado. (217)

31 de mayo
Yo no digo que vengas, que estés ya aquí, que has venido. Pero me niego a negar la espera de tu venida. Déjame esperarte. He nacido para esto. Déjame delirarme sin ti, asistir a la deformación de mis huesos que sólo aman una sombra. He caído en la trampa de esta espera y sin duda soy feliz. (221)

24 de julio
            Nada peor que buscar sobre qué escribir. Mejor escribir sobre lo que puedo, es decir sobre mí, para un día llegar a escribir sobre lo que quiero. (232)

25 de julio
(…) Entonces, dormir brutalmente hasta que el reloj te anuncie las ocho, hora de putear contra la vigilia, y beberás café y fumarás tosiendo y te hundirás en las pequeñas calles sucias «que conocieron Dante y Strindberg y Rilke», y tu sed de ruinas te hará contemplar ávida cada signo de desecho y de muerte. Y pensarás: Mientras haya enfermedades y muerte habrá un lugar para mí. (Y habrá la misma sed, la que no se refiere al agua ni a la lluvia, la que sólo se sacia en la contemplación de un vaso vacío.) (235)

28 de julio
[…] Nadie verá que tú vienes a mí. Ni siquiera yo, pues yo ya estoy muy lejos, yo ya estoy en otro mundo, amándote con una furia que no imaginas. Ven a mí si quieres salvarte de mi locura y de mi rabia, ten piedad de ti y ven a mí. Nadie lo sabrá, ni siquiera yo, pues yo estoy vagando por las calles de otra ciudad, vestida de mendiga vieja, acoplando tus nombres a canciones obscuras que son como puñales para fijar mi delirio. Mi sangre, mi sexo, mi sagrada manía de creerme yo, mi porvenir inmutable, mi pasado que viene, mi atrio donde muero cada noche. […] (240)
[…] Si todo esto fuera verdad, qué hago que no me lloro en mi funeral. Vencida, resistida, derrotada, ultimada a garrotazos, a tiros, a puñaladas […] (241)

30 de julio, lunes
[…] Hoy estoy muy débil, como si hubiera dormido bajo la lluvia y, como si yo fuese una niña de terciopelo y encajes, veo un bosque de ternura poblado de manos de seda y gritos acariciantes y vientos como nodrizas infinitamente generosas y versos para niños tristes y consejos para hacer que la delicia del arco iris dure toda la noche. […] (246)

31 de julio, martes
[…] Que te has ido de ti es un decir, una forma verbal hallable en todas las literaturas. Que no quieres amar. Ah, que no quieres amar ni pensar en el imposible de siempre. Que yo sea mi propio imposible, sí, desde luego, pero que me la hagan de tal manera que yo sólo sea un receptáculo de lugares comunes sobre el amor y la ausencia y el abandono. Me ruego no despertar al amor hasta que yo muera. […] (250)

27 de septiembre
[…] Debiera trabajar en una sola prosa larga: cuento o novela o poema en prosa. Un libro como una casa donde entrar a calentarme, a protegerme. […]

9 de noviembre, viernes
Tú no deseas nada, si bien esto no es verdad. Desearías morir. No mueres porque el sexo te importa todavía: sufrir voluptuosamente, sufrir con un lujo inigualado, ser golpeada, fustigada, ah, tu pequeño cuerpo se anima, palpa, reconoce. Orgasmo maravilloso después de un diluvio de humillaciones e injurias.

Lunes 3 de diciembre
Encuentros entre lo que sucede y lo que se sueña. Si hablo en género neutro es porque no sé. Acarreo sustancias caóticas, venidas de todas mis memorias y de todos mis olvidos. Me gustaría escribir como cuando hablo en sueños: silenciosamente. Algo me defrauda del olvido. Apenas veo un blanco ausente me escupen sangre para que recuerde a mi cuerpo. Si hubiera culpables, si solamente hubiera a quién culpar. (294)

25, viernes
[…] El cine no es una distracción para mí. Es un encuentro, a veces atroz, con mis deseos más profundos. […] (316)

Jueves 27
Como si hubieran barrido en mí. Alejaron el polvo, no hay huellas de testigos ni de testimonios. Sólo los huesos, una presión sospechosa en los huesos, algún leve balbuceo en el lugar de la desconfianza. Hastío en donde no hay huesos, soplo de un viento débil. Ira, imposibilidad. Hablar da risa. Escribir. Debilidad de siglos, devorada por algo, comida por alguien. La nuca, extraños ruidos en la nuca y en las mandíbulas. Angustia con algo oxidado, atmósfera de vieja ferretería, de estación de tren abandonada. (362)

Cinco libros que quise reseñar y no pude, pero cuya lectura recomiendo





jueves, 30 de diciembre de 2010

He pintado la vida tal como es...

 
 

Al final el payaso siempre consigue reunir una nutrida concurrencia

Lente John S
Film Alfred Infrared
Flash Off


Supongo que no necesito decir que he "engadgetecido" y ando muy contento haciendo fotografías con mi Hipstamatic.

jueves, 9 de diciembre de 2010

De "Diez razones para la tristeza del pensamiento", de George Steiner

Aun en momentos de extrema intimidad –quizá más agudamente en esos momentos– el amante es incapaz de abrazar los pensamientos de la persona amada. «¿En qué estás pensando, en qué estoy pensando yo cuando hacemos el amor?» Esta exclusión hace plausiblemente trivial la tan cacareada fusión del orgasmo y su retórica de unísono. Como Goethe gustaba de señalar, innumerables hombres y mujeres han estrechado en los brazos del pensamiento a amantes recordados, anhelados y fantaseados, que no eran aquellos con quienes estaban haciendo el amor. Esta interposición cognitiva, esta reserva mental, involuntaria o deliberada, desdibujada o gráfica, puede sonar como un eco ridículo por debajo de los gritos y susurros de éxtasis. Nunca conoceremos la profunda desatención, ausencia, repulsión o imaginería alternativa que deconstruyen el texto manifiesto de lo erótico. Los seres humanos más cercanos y sinceros siguen siendo unos extraños, más o menos parciales, más o menos desconocidos los unos por los otros. El acto del amor es también el de un actor. La ambigüedad es inherente a la palabra.

martes, 23 de noviembre de 2010

Low cost


Para Rocío Gilabert, que vuela.

Fueron otras fuerzas oscuras y no las aerolíneas europeas quienes inventaron el concepto de low cost. Como todo el mundo sabe los vuelos son baratos, pero salvo el asiento, todo lo demás tiene un precio extra: la maleta de hasta veinte kilos una tarifa, la de veinte y un gramo otra, dos maletas es un lujo, si el tamaño no cumple los requerimientos establecidos para que la maleta viaje en la cabina, deberá facturarse a exorbitantes tarifas, diez, quizá quince veces superiores al precio del billete. Ahora pasará la guapísima Helen con la carta de productos, anuncia la voz desde el más allá,  el hombre detrás de la cortina, apenas iniciado el vuelo. Y en efecto, no hay un resquicio en el trayecto en el cual la guapísima Helen con su voz gutural de sueca, no te ofrezca delicioso capuchino, espumeante chocolate, así, adjetivos incluidos, perritos calientes, pizzas, calendarios de chicas con poca ropa, quizá entre ellas la guapísima Helen o Helga o Heloise, cigarrillos sin humo para los ansiosos pero no pastillas para no soñar, audífonos, perfumes, las bragas más recientes que ha sacado Calvin Klein. Todo en una aparente confusión que no hace sino confirmar una sospecha, como si de una instalación artística se tratara. Contrario a lo que parece, se ha descubierto que el concepto no fue diseñado para fastidiar al respetable cada vez que viaja, o para inducirle al consumismo enfebrecido, sino para indicarle la futilidad de los objetos en su vida diaria. Así, por ejemplo, un viajero que vuelve a casa cargado con libros y ropa, a fuer de no pagar el escandaloso precio del sobrepeso indicado por la compañía aérea, o simplemente porque no puede pagarlo, debe elegir entre desprenderse de un pesado libro de arte moderno comprado en la Saatchi Gallery, del estuche de pinturas o de un voluminoso abrigo Burberry como el de Enrique Vila-Matas. Cuando el avión llega a destino en tiempo se escuchan fanfarrias, quizá felicitando al piloto o encomiando al respetable por haber sido capaces de viajar ligero. Otros como yo, en más de una ocasión hemos jurado que son voces riéndose de mí, de ti, de aquellos que alguna vez hemos tenido que desprendernos de algún tesoro. En la puerta que conduce a la escalerilla, o al tobogán, siempre te espera la guapísima Helen con su sonrisa también encomiástica, como diciendo felicidades, lo lograste, ahora conoces el sentido de la vida, eres un hombre moderno, eres uno de los nuestros.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Sobre la calidad de la educación en México

En el Metro, de vuelta del colegio, el niño se ufana ante el padre de los conocimientos adquiridos durante el día:
—Adivina qué aprendí hoy.
—Qué aprendiste.
—La maestra nos dijo dónde vive Bob Esponja. 
—Ah, ¿sí? Y ¿dónde vive?
—En una piña. 

Me quedo pensando en que o el niño tiene muy mala memoria o la maestra no tuvo siquiera la delicadeza de explicarles que la piña se encuentra debajo del mar.
 


 

sábado, 20 de noviembre de 2010

Matos declara

Con lo mierdoso que amaneció París aquel primero de enero
no creo decir que moriré en París con aguacero
creo que ni siquiera moriré en París
y sí tal vez en una cala perdida del mediterráneo
a donde llegaré sabrá dios cómo

nadie sabrá quién fue el extranjero que gritó me cago en Zeus
ni será capaz de atribuirle a meditadas premoniciones de oráculo
el hilo en el macuto y la katana de Hattori Hanzo

la gente debiera morirse en sábado por la mañana
cuando no hay nadie conectado al facebook
ni se pregunta nadie por tus tuits del día

martes, 2 de noviembre de 2010

César Matos, becario

1.
Primero, César Matos no es más que un escuálido estudiante de Letras que lee a Virgilio y sueña con encontrar y traducir algún día a latinos ignotos. Sus poemas son breves y descorazonados. A los 25 escribe un libro candente a la altura de Altazor o Canto General, aunque la verdad es que sueña más en ser como Parra que como Neruda. No lo consigue. La crítica es unánime y lo consideran heredero de Jorge Teiller. Matos piensa que es estúpida la clasificación y concluye que lo suyo es el estudio de la poesía portuguesa. Comienza a leer a Camoes y a Al Berto, toma clases de portugués que no puede pagar, se aprende de memoria a Ricardo Reis, aunque si ha de ser franco, Pessoa le da hueva. Saramago más. Lo suyo lo suyo es el viaje, piensa. Todas las becas habidas y por haber lo rechazan pero no ceja en su empeño. Sabe que un día conocerá Lisboa y las Azores, que es lo único que en realidad le interesa. Forjar su poesía en Portugal. Le dan una beca. Se trata de una especie de arcadia literaria que lo selecciona para vivir en España durante un año. Matos se hace a la idea, no es Portugal y no es Lisboa, pero al fin conocerá la península y hasta Las Azores. Comienza a dejarse un leve bigotillo y se compra en la tienda de un anticuario unos quevedos. Durante los últimos días que pasa en México se le ve deambular por Donceles, furtivo, con el Libro del desasosiego bajo el brazo. Después viaja a España, la beca no da para mucho, pero escribe, monástico.

2.
Los fines de semana anda entre provincias. Elige una ciudad al azar y la recorre sin ningún plan previamente establecido. Visita un sitio de interés al sur de la ciudad y luego busca el más lejano en el mapa y se dirige allí con lentitud. En el camino no se detiene a ver nada. Recorre el sitio elegido con interés, la visita es fugaz, sale agitado. Mira el reloj, consulta de nuevo el mapa y del norte va al poniente a buscar, por ejemplo, un castillo del siglo XII o a intentar degustación en una tienda de quesos mallorquina, no por hambre sino por gula.

3.
Para el segundo mes el dinero se le ha terminado. Se acomoda en las Baleares y piensa que de hambre no habrá de morirse. Hasta llega a pensar en pasearse por alguna playa nudista de Ibiza con el chile rozagante a merced de las europeas. Algo caerá. Pero no, recuerda que ha venido a escribir poesía, no a empujar el pito por unos cuantos euros. Duda. En el fondo uno escribe para follar y beber a discreción, ya bastante tenemos con los puritanos Mauriac y Cardenal. Merde. No, no se prostituye. Busca a un amigo en Ibiza que lo coloca tocando ritmos americanos sobre un bongó en un bar de Ses Salines, por las noches. Allí conoce a Congo Mulence, un cubano que percute como ninguno en los alrededores, pero cuyo repertorio no pasa más allá de lo que ofrece cualquier disco Putumayo. Congo lo convence de estudiar con él. Aquí hay ritmo acere, no como los poemitas maricas que escribes. Qué tú tienes, tú no naciste para la poesía, le dice una tarde mientras queman hierba tumbados de espaldas en la playa. La arena blanca se ensancha al cuerpo negro de Congo Mulence y a César Matos le dan ganas de llorar porque la imagen es bella, el cielo es hermoso y el atardecer es encendido y naranja como en un poema de Drummond de Andrade. El cuerpo de Congo parece inmortal esa tarde. Matos sabe que ha encontrado su verdadera vocación en la fotografía pero no tiene ni quiere una cámara digital. El resto del verano se lo pasa viajando como autoestopista y buscando con anticuarios una vieja Leica con la cual transformar el oficio. No la encuentra. Sobrevive tocando en plazas públicas el bongó que le regaló Mulence.

4.
Una mañana se despierta en Alicante tras haber tenido un sueño en el que Octavio Paz se le aparece y lo reprende. Regresa a Huelva. Le informan que dados los meses que ha pasado fuera de la fundación, no es más becario de allí, pero él dice que ha tenido una epifanía en Alicante y que ha regresado para revolucionar la lengua castellana. Nadie le cree pero lo aceptan de nuevo. Se encierra en la biblioteca y escribe. Escucha al Octavio Paz de sus sueños reprenderlo con su voz meliflua y putañera. Lee a todos los poetas mexicanos del siglo XX. No duerme. Comienza a escribir un virulento ensayo en contra de Eduardo Lizalde. Mínimo le darán el prestigioso premio Xavier Villaurrutia, dice. Después escribe otro contra Gerardo Deniz donde se lanza con todo sobre el embuste poético de este y lo desenmascara. En dos meses termina un librito de ochenta cuartillas y piensa que ensayos de estos ni Christopher Domínguez Michael. Lo cierto es que no gana el Villaurrutia, no lo llama Jorge Herralde para ofrecerle publicar en Anagrama pero le informan que Deniz y Lizalde lo están buscando para partirle la madre. De hecho no, pero le gustaría. En realidad lo que ocurre es que lo invade una tristeza infinita y se siente crítico parasitario de la obra de otros. Rompe el manuscrito.

5.
Se acaba la beca y esta vez sí lo echan a la calle, después de una ceremonia en que todos leen fragmentos de los libros que han terminado en la estancia. A César Matos todo esto le vale madres. Lo suben a una furgoneta y lo abandonan en el aeropuerto de Barajas, en Madrid. Durante un par de días deambula por el aeropuerto, hasta que encuentra a un marroquí a quien le vende el billete de regreso a la mitad de precio y hasta el pasaporte. Unos cuantos euros que para algo servirán. Se desean suerte. Matos enfila rumbo a la salida. Piensa en dirigirse a Sevilla, o a Lérida o a Albacete. Recuerda con una sonrisa los atardeceres encendidos y naranjas de Drummond de Andrade. Ve una tienda de souvenirs y entra para curiosear un rato.



*Publicado en la antología Entre fronteras, Libros del Claustro, España 2010. Coedición de la Fundación Antonio Gala y Editorial Planeta.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Un poema de Eduardo Lizalde

QUE TANTO Y TANTO AMOR se pudra, oh dioses;

que se pierda
tanto increíble amor.
Que nada quede, amigos,
de esos mares de amor,
de estas verduras pobres de las eras
que las vacas devoran
lamiendo el otro lado del césped,
lanzando a nuestros pastos
las manadas de hidras y langostas
de sus lenguas calientes.

Como si el verde pasto celestial,
el mismo océano, salado como arenque,
hirvieran.
Que tanto y tanto amor
y tanto vuelo entre unos cuerpos
al abordaje apenas de su lecho, se desplome.

Que una sola munición de estaño luminoso,
una bala pequeña,
un perdigón inocuo para un pato,
derrumbe al mismo tiempo todas las bandadas
y desgarre el cielo con sus plumas.

Que el oro mismo estalle sin motivo.
Que un amor capaz de convertir al sapo en rosa
se destroce.

Que tanto y tanto, una vez más, y tanto,
tanto imposible amor inexpresable,
nos vuelva tontos, monos sin sentido.

Que tanto amor queme sus naves
antes de llegar a tierra.

Es esto, dioses, poderosos amigos, perros,
niños, animales domésticos, señores,
lo que duele.

viernes, 27 de agosto de 2010

Monólogo mutante

Para el Juli, que me presentó a Plá.

Albert Plá cada día me gusta más. El desenfado volcado en sus letras, su cinismo, su canción protestante pero sin militancia, su música que lo mismo se nutre del rock más duro que de una ranchera y el teatro que organiza en torno suyo. Plá es un fronterizo, un músico que transita entre géneros, a quien no sabría si ubicar entre los músicos, pues sus performances (concretamente hablo del espectáculo Canciones de amor y droga al lado de la también genial Judit Farrés -quien en el espectáculo samplea desnuda, toca el clarinete y actúa- y preparado con el director teatral Álex Rigola) son vanguardistas y sus letras no son menores. Para este espectáculo (2004), recogido en el disco que lleva el mismo nombre, Plá rescató las letras del poeta catalán Pepe Sales, otro desconocido como Fonollosa -también recuperado por Plá- o como el mismo Albert que no suele escucharse en radio y televisión españolas. Las letras de Sales son de una belleza salvaje. Hacia el final del concierto, antes de que Plá entone "Nueva York", Judit Farrés recita este monólogo (que no sé si es de Sales o de Plá, esta es la única transcripción que he encontrado) violento y hermoso. Esto sí que es literatura mutante:

"Estoy alarmado en la escuela ya no se pasa ni metodología pura ni mito particular alguno. Me encanta viajar en coche con el loro a tope, fumando petas, pensaba que no iban a darme el visado, por el SIDA que te dije, pero en Nueva York, maté cerdos y fui Gregory Pep. Lo Jaume Ray buscando hormonas en los huevos de Gary Cooper.
Soy guapo y prota de toda mi obra, ¡lo hace y lo canta todo que te sales! Yo también fui alumno de García Sevilla. Encontramos las voces azul cielo en la calle Valencia, rollo piscina, rollo pez. Ció si que se lo monta bien colgada del palo, del palo eléctrico. Mariona está celosa y mueve el culo al andar.
Oye, mira si ha arribat el Simon haciéndose una paja por mí. La líbido me llega hasta la frontera de la Jonquera. Veo reyes en el agua. Veo el seis. El seis de picas. También juega la sota, tengo un trío bien jodido. Treinta y seis amigos desaparecidos, el talego y el desprecio del hombre como Dios manda.
De prestado ¿qué quieres? Mendigo del visto bueno de los amigos. Pero soy vago, atáxico y algo indisciplinado. Hago canciones preciosas que no sé cantar. Siempre me pierdo y confundo la letra. Además, sé que no se me entiende y que la culpa no es solo de mi piñata, no. Mis canciones son como yo.
¿Buscas un signo o algo en el cielo que te diga donde estan los amigos estrellados? Los que están vivos y los que estan muertos.
Yo quiero un stratocaster ¡joder! Es cuestion de espiritu, ¿sabes? Las canciones nacen de la bola de la libertad. Y aunque nadie escriba canciones para nadie, yo te tengo en mi corazón.
Ya no se me levanta. Ya no me dejan tomar lo que quiero.
Llamo a Bcn a casa de Joan, no me contesta. ¿Dónde coño estarán? ¿Y nuestro pacto loco? Gracias, pero no tengo fuerzas para cambiar de vida.
Demasiado cobarde. Temo a la muerte para ser un suicida. Demasiado curioso de lo que será. De todo lo que nos puede pasar.
¡Devuelve al container, lo que es del container!"

Aquí el vídeo del monólogo a cargo de Judit Farrés:

lunes, 23 de agosto de 2010

Esquina Fogwill


Fotografía tomada del blog de Iván Thays, tomada a su vez de ElMalpensante.

Ha muerto Fogwill. Su muerte me entristece de veras. Justo hace unos días en Madrid compré Los Pichiciegos y Help a él. Me gustaría ser un buen escritor sólo para poder escribir amorosas despedidas a modo de agradecimiento cada que se van nuestros mayores. Hablo de aquellos que de una forma u otra acaban influyendo sobre nosotros. Lo pienso porque Fogwill ha sido en mi caso, uno de esos Virgilios cuyos libros nos guían por los senderos de la vieja puta literatura. Pero no sé escribir necrológicas como aquellas que tan bien escribía el Pereira de Antonio Tabucchi. Y quizá Fogwill, siempre cascarrabias, siempre perro rabioso con lo maloliente y hasta con lo que no, habría desdeñado ditirambos de esa especie. Es un lugar común decir cuando un autor muere que nos quedan sus libros, pero no por común es menos cierto. No otra cosa nos queda. Tratándose de Fogwill nos quedan también entrevistas polémicas, latigazos inolvidables. Más allá de la controversia que tan cara le era, de la polémica que siempre estaba dispuesto a generar, nos queda la suya, una literatura de altísimos registros.

Releo Muchacha Punk y subrayo esta frase:
"El arte –pienso debe testimoniar la realidad, para no convertirse en una torpe forma de onanismo, ya que las hay mejores."
Su ojo de sociólogo lo ayudó a convertirse en uno de los mejores publicistas y quizá él mismo haya acabado siendo su mejor producto. Dice Silvina Friera en su nota para Página/12:


Entre las campañas publicitarias de cuño fogwilliano, de las que le gustaba jactarse, está la de los cigarrillos Jockey: “Suaves pero con sabor, el equilibrio justo”. A Fogwill se le ocurrió “el sabor del encuentro”, que inicialmente no era para la cerveza Quilmes, sino para una tabacalera, y trabajó para Dupont, Esso, Nobleza Piccardo y muchas empresas más.
Y anota una pulla más de Fogwill:
“Las boludas que están en la Facultad de Letras dan clases para chicos tontos; que escriban o den dos clases teóricas sobre Fogwill no es llegar a la academia. Porque Puan no es la academia... es lacamierda. Puan me parece un cotolengo”.
¿Qué habría dicho Fogwill de Pola Oloixarac, la autora de "Las teorías salvajes" surgida de Puan y de quién se ha dicho que es Fogwill con polleras? Me pregunto, pero me autoreconvengo. No nos desviemos. Fogwill se ha ido. Leo Help a él mientras se entremezclan otras lecturas, otros deberes, varias dispersiones, algunos fastidios y ni siquiera puedo escribirle una necrológica medianamente decente. Así que simplemente buen viaje, Fogwill. El Chianti con cola irá en honor del recuerdo de aquella muchacha Punk que un día, en la esquina de Oxford Street y Regent Street. Esquina Fogwill. Es curioso. Allí mismo me despedí hace poco de una muchacha que no era británica sino madrileña. Era guapa y tenía los ojos aristocráticos como la muchacha Punk, pero no era una muchacha Punk sino al vesre. Ella partió en uno de esos autobuses rojos que van hacia King Cross Road, como en Muchacha Punk, pero sin Punk.

Siempre la vieja puta literatura con sus cosas.

En fin. Hasta pronto, viejo Punk.

lunes, 2 de agosto de 2010

Twitterature




In short, art is pretty sweet.
Alexander Aciman & Emmet Rensin


En la librería de la Whitechapel Art Gallery de Londres me encontré este librito publicado el año pasado por la prestigiosa editorial Penguin. Creo que no necesito explicar qué es el twitter y cómo lleva implícita la posibilidad de narrar en tan sólo 140 caracteres incluidos espacios. Entre literatos hay opiniones a favor y en contra. He leído alegatos como éste, en defensa del Twitter:

"Me gusta el Twitter porque me gustan los amores efímeros" (Marco Sifuentes, Etiqueta Negra, agosto, 2009)

Y allí mismo, en contra, Luigi Amara: “el Twitter condensa el signo trágico de la impudicia de la sociedad contemporánea: canales de comunicación siempre abiertos para personas que no tienen nada que decir, para individuos aislados paradójicamente por la tecnología a los que, ay, sólo les queda el consuelo del gorjeo.”

También Aurelio Asiain, vía Twitter: “Sólo por prejuicio, también, consideramos alta literatura un haikú de Basho o una copla de Lorca y no tantos tuits que no lo son menos.”

O Cristina Rivera Garza, quien ha hablado de la tuitnovela, como un timeline escrito por personajes. Una versión contemporánea y experimental de la novela polifónica al modo de Bajtín.

Pues, el caso es que me encontré este librito, escrito con desenfado por un par de estudiantes de la Universidad de Chicago de 19 años que un buen día se preguntaron: ¿Y si Shakespeare hubiera tenido Twitter cómo lo habría dicho? ¿Qué habría tuiteado Gregorio Samsa? ¿Cómo podrían entender los mortales a Stendhal, y a Dante, y a Madame Brontë? El resultado es este libro irreverente que reescribe los grandes textos literarios, desde la óptica del tuit. Arte salvaje y rabiosamente "moderno".

Apenas lo he ojeado, aclaro que no he hecho una selección de tuits, pero había que comentarlo. Una joya. Aquí una brevísima muestra:

The Metamorphosis
by Franz Kafka

@bugged-out

Typing feels weird today.
[...]
I seem to have transformed into a large bug. Has this ever happened to any of you? No solution on Web MD.
[...]
OMFG,my father totally threw an apple into my back.


The Great Gatsby
by F. Scott Fitzgerald

@West-Egg

Got the new place today - kind of small, but great view! Not that I'm judging anything...
[...]
NEVER MIND! THIS GUY KNOWS TO PAAARRRRTTTTYYYY!! Quick: Gatsby's house!!! Txt for directions!
[...]
Gatsby is so emo. Who cries about his girlfriend while eating breakfast... IN THE POOL? 

The Inferno
by Dante Alighieri

@HolyHaha

I'm having a midlife crisis. Lost in the woods. Should have brought my iPhone.
[...]
A girl told me sex forgives no sexiness from the sexy. If anyone understands women, do tell.
[...]
I have to climb a mountain now? You got to be kidding me. Is this a joke? Who the hell came up with story? VIIIRRRGGGILLLLLLLLLL!

Y acá los autores, Alexander Aciman y Emmet Rensin:


martes, 27 de julio de 2010

Antes...

Antes cruzaban ríos…
Emilio Carballido.


Está claro que la vida comienza a joderse cuando uno empieza a enumerar las cosas que antes no le pasaban. Falso. Las cosas ya estaban jodidas y lo que pasa es que uno empieza a cobrar conciencia de cómo las cosas antes simplemente pasaban o no. Por ejemplo, antes no sufría de insomnio ni me despertaba a las cuatro de la mañana para escribir diálogos simplones obtenidos en el sueño. Más aún, antes no me despertaba a las cuatro de la mañana y si lo hacía me tomaba un vaso de agua y me volvía a dormir. Antes las resacas me duraban medio día y no uno ni dos, ni tres. Antes no me daba por pensar que era bipolar ni me percataba de mis conductas propias del signo de Cáncer. Antes quizá no me daba cuenta de que en invierno puedo dormir como un bendito si no hay humedad y si no hay polen en primavera, y quizá no me daba cuenta de que sí padecía de insomnio pero no había insomnio que aguantara más de dos soliloquios. Antes no me daba insomnio porque me levantaba a las cinco de la mañana para ir al inglés. Antes no me daba insomnio porque me levantaba a las seis para ir a la escuela. Antes escribía consciencia y no conciencia. Antes no escribía con ciencia. Y tampoco ahora. Antes no me quedaba dándole vuelta a los capítulos de la novela que corrijo y que no sé cómo escribir. Antes no me interesaba la poesía de Miguel Hernández. Corrijo. Antes no sabía que no me interesaba la poesía de Miguel Hernández. Y si me apuran un poco, tampoco la de García Lorca. Antes no nos preocupaba lo que habríamos de hacer el año siguiente, quizá porque lo que haríamos al año siguiente formaba parte de un plan unido a lo que hacíamos este año, terminar el colegio o la universidad, o el posgrado, aquellos que hicieron o siguen haciendo posgrado. Pero de pronto, uno descubre que si no se ocupa de pensar en qué hará el año siguiente, ingresará a la reserva nacional de talentos a.k.a el paro. O, vuelvo sobre la hipótesis primera, no es que uno descubra que debe pensarlo, sino que de buenas a primeras se descubre pensándolo y de paso descubre también que pensar esas cosas estresa, pero no hay remedio, está uno allí, con insomnio, y se siente un náufrago de Géricault o Delacroix en medio del océano. Y en lugar del estoy orgulloso de ti de tu padre, te dices a ti mismo no estoy orgulloso de ti y de paso descubres que cada día te pareces más a tu padre. Ojalá se tratara de que uno se vuelve mayor, pero no, uno solamente se va haciendo viejo.

domingo, 18 de julio de 2010

Notas rápidas sobre Dublinesca, de Enrique Vila-Matas


Foto tomada de la página de EVM

Estoy leyendo Dublinesca, la más reciente novela de Enrique Vila-Matas. Volveré a escribir sobre este libro cuando haya terminado de leerlo, pero por ahora tengo que decir que, si bien se trata de una novela de la misma estirpe de las novelas vilamatianas, en esta el autor decide dar un paso adelante respecto a lo hecho anteriormente, una vuelta de tuerca narrativa.

Hay en esta suerte de réquiem por la era Gutenberg, un puente que el narrador (el misterioso narrador, que podría ser el misterioso Vilém Vok, que ha dado ya tanto de que hablar, como seguramente quería Vila-Matas) tiende entre "lo clásico" y lo "nuevo" en la literatura. El libro está plagado de referencias, de citas intertextuales, de citas reales y de otras que, sospecho, son apócrifas, como suele acostumbrar Vila-Matas. Una legión de autores irlandeses aparecen en estas páginas que no ofrecen concesión al lector. Que se joda el lector medio, ha dicho David Simon (el creador de The Wire) que piensa cuando escribe el guión de la serie. Algo muy parecido debe haber tenido en mente Vila-Matas al escribir esta novela. Cito:
Sueña con un día en que la caída del hechizo del best-seller dé paso a la reaparición del lector con talento y se replanteen los términos del contrato moral entre autor y público. Sueña con un día en el que puedan respirar de nuevo los editores literarios, aquellos que se desviven por un lector activo, por un lector lo suficientemente abierto como para comprar un libro y permitir en su mente el dibujo de una conciencia radicalmente diferente a la suya propia. Cree que si se exige talento a un editor literario o a un escritor, debe exigírsele también al lector. Porque no hay que engañarse: el viaje de la lectura pasa muchas veces por terrenos difíciles que exigen capacidad de emoción inteligente, deseos de comprender al otro y de acercarse a un lenguaje distinto al de nuestras tiranías cotidianas. Como dice Vilém Vok, no es tan sencillo sentir el mundo como lo sintió Kafka, un mundo en el que se niega el movimiento y resulta imposible siquiera ir de un poblado a otro. Las mismas habilidades que se necesitan para escribir se necesitan para leer. Los escritores fallan a los lectores, pero también ocurre al revés y los lectores les fallan a los escritores cuando sólo buscan en éstos la confirmación de que el mundo es como lo ven ellos...
Swedenborg, Beckett, Magris, los Auster, la Orden del Finnegans a la que pertenece Vila-Matas, Cronenberg, Dylan, Julien Gracq, Godard, Tom Waits, Monterroso, John Banville, Flann O'Brienn, Carlos Barral, Idea Vilariño, Antonioni, Truffaut, Resnais, Carlo Emilio Gadda, Roberto Bolaño, por supuesto James Joyce y una larga lista de nombres reales o inventados como el misterioso hombre del abrigo Burberry.

Enrique Vila-Matas ha escrito una novela inteligente, hilarante, un réquiem por la literatura tradicional y se nota que se ha divertido autoproclamándose quizá como el hikikomori que es su personaje Samuel Riba en un extraordinario fresco de la contemporaneidad. Vila-Matas parece decirnos: No soy como Javier Marías, yo sí entro a internet y leo blogs y guguléo mi nombre en los buscadores. Imagino a Enrique frente a su computadora firmando notas bajo el nombre de Liz Themerson, o Antoni Casas Ros, o como sea que firmen sus heterónimos. Lo realmente sorprendente es que los bloggers y seguidores de la retórica vilamatiana realmente estén haciendo el juego (o quizá aceptando el juego propuesto por el autor, la complicidad escritor-lector) sobre quién demonios es Vilem Vók, cuando todos sabemos que Vilem Vók no es otro que Vila-Matas, o quizá, por el contrario, todo este tiempo, bajo la figura catalana de Vila-Matas ha estado escondiéndose un checo llamado Vilém Vok, que como todos saben, tiene un abrigo Burberry gris que lleva a todas partes.

viernes, 16 de julio de 2010

De "El mapa de sal", de Iván de la Nuez



"Cuando un río se desborda e inunda otros predios, lo primero que ocurre -como ya vio Roland Barthes en Mitologías- es que ese río desaparece mientras cambia el contorno de sus alrededores. Ese desbordamiento, hoy, marca el arte, la cultura y el pensamiento que se producirán en el nuevo milenio. Los autores más audaces serán los que consigan, en lo posible, escapar del claustro exclusivo de la banalización del horror. Aquellos que puedan armar una poética de sobrevivientes, de esos que han alargado su vida para permitirse contar lo ocurrido. Pero sin olvidar, frente a semejante privilegio, la deuda que se ha contraído, el don u ofrecimiento a los muertos cuyas sombras se alargan sobre esta cultura global."

miércoles, 14 de julio de 2010

Dice Carrión y dice bien...




"La metáfora de la vida humana es obvia: en nuestra realidad no existen intérpretes capaces de leer con claridad profética la realidad. [...] Pero también es obvia la metáfora del arte posmoderno: la intertextualidad, el guiño, la referencia cómplice, no son más que estrategias de postergación de una certeza."



lunes, 12 de julio de 2010

Variaciones desconcertantes 2. O esto no es nacionalismo, macho.

Dialogo en clase (London, 8 a.m.) -Disculpen el teclado-

El profe britanico a un alumno:
-De donde eres?
-Barcelona.
-Debes estar muy contento...
-No, por que?
-Pues porque gano Espana...
-No.
-Pero eres espanol, cierto?
-No, catalan.
-Pero Iniesta juega en Barcelona.
-Si, pero no.
-No le vas al Barcelona?
-Si.
-Pero entonces no estas feliz por Espana.
-No.

viernes, 9 de julio de 2010

Diálogo de dos adolescentes en el McDonald's de Gran Vía y Montera en Madrid. O esto no es un no lugar...

-Tío, pero, ¿cómo puede estar tan lleno?

- Es que es muy conocido...

- ¿Es muy conocido el señor Donald?

- Vamos a ver, me refiero al lugar...

jueves, 24 de junio de 2010

Del cuaderno de César Matos, 7.

Hay otra imagen que me persigue por las noches y se materializa en forma de dolorosas pesadillas. Soy un dibujo animado, uno más de las fantasías animadas de ayer y hoy, como Bugs Bunny o Élmer o Petunia. Suena el Lago de los Cisnes y puede verse en un primer plano a un trío de patos que se mueven sobre el agua al ritmo de la música, imprimiendo su muy particular coreografía. Entonces veo al Coyote correr raudo hacia mí y me pregunto por qué me ataca y sólo entonces la pesadilla se torna pesadilla porque cobro conciencia de que yo no soy yo sino el Correcaminos. Y ya me pongo en marcha. Corro. El Coyote me persigue. De pronto un acantilado. Y es un instante interminable en el que cierro los ojos esperando la mano salvadora del dibujante y su ejercicio de metaficción. Espero a que introduzca un subterfugio. Espero a que aparezca la mano salvadora del dibujante sobre el barranco y que la imagen se congele, para que sobre la mano un lápiz dibuje un puente sobre el que podré trepar y luego lo borre cuando yo, Correcaminos, haya pasado y el Coyote se encuentre en el medio, mandándolo al séptimo infierno. Pero la mano salvadora del dibujante no aparece y tampoco aparece el lápiz y el Coyote está por darme alcance y suena la obertura de Guillermo Tell y me revuelvo entre las sábanas y armo un escándalo de los mil demonios. Bip-bip. Bip-bip. Bip-bip.

viernes, 18 de junio de 2010

Las teorías salvajes, de Pola Oloixarac



El furor mundialista me ha impedido escribir algunas notas sobre este libro que en fechas recientes se editó en España (Alpha Decay, 2010), tras el éxito rotundo que ha tenido en tierras argentinas. Ahora voy a hacerlo, aunque no sé por qué, presiento que en medio de un mundial rarísimo donde los haya seré una voz que clama en el desierto. No importa. Aquí va. Se trata de la primera novela de la joven narradora Pola Oloixarac, bajo el título "Las teorías salvajes" que nos recuerda al periplo de Arturo Belano y Ulises Lima, esos detectives ya por todos conocidos, aunque algunos escritores en lengua española finjan que no existen.

La prosa de Pola Oloixarac es llana, clara y seductora. Cuestiona de manera agudísima y desde sus entrañas al proyecto literario de la posmodernidad. Los personajes enfrentan ese dilema entre la tradición y la modernidad, en una novela dividida en dos partes: la primera agresivamente posmoderna; la segunda, aunque menos compacta, en un formato más tradicional.

La prensa y la crítica española, instruidas en las analogías, no han dudado en calificarla como "la prima argentina de la generación nocilla" o algo así. Me parece que es más que eso. La autora hace uso de las narrativas posmodernas, plagada de terminajos y ecuaciones matemáticas, y quizá se atisbe en ello una tentativa casi lacaniana diseñada para abrir bocas y si es posible engatusar al respetable (Véase Sokal y Bricmont, Imposturas intelectuales, Paidós, 1998), pero consigue ir más allá al cuestionar ella misma sus procedimientos.
Pero si esa cosa es un poema, entonces esta publicidad de vaqueros en la Siete Días también es un poema.
Una chica que escribe cartas a Mao. Otra chica de una inteligencia sobrecogedora, fea y filósofa: Kamtchowsky. Un hacker informático. Una novela que transcurre entre el ciberespacio y la Facultad de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires, plagada de referencialidad e intertextualidad. En sus páginas conviven Julio Cortázar y Bambi, Emily Dickinson y Bob Patiño (a.k.a. Actor Secundario Bob, para los españoles), Ronald McDonald y el Google Earth. La novela -aventuro una licencia poética- que le habría gustado escribir a La Maga, de Cortázar.

En todo caso, es una extraordinaria primera novela en la que la autora, valiéndose de los recursos tecnológicos de nuestra era, ha logrado además, crear una cartografía de la memoria  argentina, literaria y política; un mapa de un Buenos Aires en llamas que se ordena y se desangra en un instante. Ignoro los ecos que la parte política de esta novela pudiera tener sobre quienes desconocen la historia argentina, pero me parece que cumple su cometido. El dolor y el horror porteño del siglo pasado se revisan y se condensan en un dispositivo (una especie de aleph posmoderno) creado con maestría al final de la novela. Abundan las referencias históricas, psicológicas, filosóficas y cinematográficas; modelos que se adaptan a la historia que se ha propuesto narrarnos la autora. Se perciben otras voces: los inventarios borgeanos, los juegos cortazarianos, ecos de Bolaño, de David Foster Wallace, me parece que la lista es larga. Pero más allá de eso, Pola Oloixarac ha logrado escribir una novela extraordinaria, mientras construye su voz personalísima, revisa las concepciones ideológicas vigentes y los símbolos del otrora poder económico adquieren, bajo su mirada, un cariz diferente:
Les encantaba que fuera el único lugar que daba trabajo a las personas mayores, a las viejas que no tenían nada que hacer de sus vidas; McDonald's, incluso con el payaso ridículo y pederasta de Ronald, era el único lugar verdaderamente democrático que conocían. Todos hacían fila, y aquello que obtenían no era más que aquello a lo que podían aspirar; los downs treintañeros sonreían metidos en sus uniformes, sin llegar a tocar el dinero.
La naturalidad del hilo narrativo es tal que a ratos asusta. De pronto la autora decide hacer algunas elipsis de dimensiones colosales, para poner en boca de sus personajes los razonamientos filosóficos que sostienen su paso de la infancia a la edad adulta. Saltos abruptos, abismos narrativos. Jóvenes cuya precocidad dota de verosimilitud a la historia. Dos partes de una novela que se debate entre la tradición y la ruptura. Su lectura imanta. En medio de la perplejidad y el vacío del mundo contemporáneo, de vez en cuando aparecen novelas como Las teorías salvajes que nos devuelven la fe en el futuro de la literatura. Pola Oloixarac es una rara avis de la narrativa posmoderna. ¿Es una escritora posmoderna? ¿Es la suya una literatura intelectualoide para jóvenes intelectuales latinoamericanos? ¿Vale la pena etiquetar los textos de esta forma? ¿Gana algo la literatura haciéndolo? No al menos desde mi punto de vista. He disfrutado esta novela, como quería Barthes, por el placer del texto mismo. Me basta decir entonces que Pola Oloixarac escribe bien, que escribe endiabladamente bien.

martes, 1 de junio de 2010

El tercer haikú

El tercer haikú escrito por el poeta del kimono alaba los placeres de la carne y concluye, en acertado silogismo, que el mayor placer posible es aquel en el que uno se encuentra a sí mismo y sobre sí mismo se vierte. De ahí que el poeta concluya que la suya es una obra seminal.

jueves, 27 de mayo de 2010

Los dinosaurios

Por una cuestión práctica, casi diríase que de mero procedimiento, Noé no logró acatar el mandato divino stricto sensu. No se trató de un acto de desobediencia del hombre. Sucedió que al dictarle las dimensiones del arca, el Dios olvidó –o tal vez no– considerar la longitud del cuello de los brontosaurios, el aleteo incesante de los pterodáctilos, la liviandad de carácter de los tiranosaurios y la furia que se desataría entre los velocirraptors en un espacio cerrado. Descubierto el apartheid, los animales se inconformaron, redactaron desplegados repletos de abajofirmantes, organizaron marchas de protesta y huelgas de hambre mientras Noé cada vez más desesperado clamaba a los cielos en busca de respuestas.

–Son unos pesados, decía Dios desde las nubes. Son unos pesados. Y la voz se le iba volviendo triste, muy triste, cada vez más triste.

lunes, 24 de mayo de 2010

Un relato de Marco Denevi


Acabo de leer las Falsificaciones del argentino Marco Denevi, publicadas por primera vez en 1966. Debo su lectura a una recomendación que me hiciera Andrés Neuman en días pasados. Las microficciones reunidas en este libro (Thule Ediciones, 2006) aluden a personajes históricos, mitológicos o literarios. La visión de su autor es aguda, irónica, mordaz muchas veces. Los relatos resultan piezas de extraordinaria ingeniería. Aquí el relato Cainismo, tomado del libro referido:

Lo más terrible para Caín es no saber por qué Dios rechaza sus ofrendas y acepta las de Abel. No adivinar qué le dice cuando lo amonesta rudamente: "Si obraras bien, andarías erguido, mientras que si no obras bien estará el pecado a tu puerta", ni qué le insinúa cuando añade: "Cesa, que tu hermano siente apego por ti y tú debes dominar a tu hermano". Por más que se esfuerce, Caín no comprende. Pero trata de complacer a Dios. Busca, cambiando todos los días de conducta, aparentar que ha descifrado los mensajes de Dios. Sin embargo Dios siempre se le muestra mohíno y siempre es porque Abel anda de por medio. Ese Dios sibilino convierte a Caín en un hombre desesperado. Finalmente apela a un último recurso. Ama a Abel pero ama más a Dios, y entre Abel y Dios la elección no es dudosa. Elimina, pues, a ese tercero en discordia. Y se sienta a esperar que Dios hable claro.

viernes, 21 de mayo de 2010

La marquesa salió a las cinco.

Pero antes de salir consultó el Weather Channel. Vio algunas noticias on-line. En la bandeja de entrada de su e-mail había 35 mensajes sin leer, de los cuales 34 eran notificaciones de Facebook. 5 usuarios solicitaban su amistad. 8 amigos suyos habían comentado las fotos de su último viaje. 3 amigos más la habían etiquetado en notas. Tenía 7 invitaciones a eventos y 4 sugerencias para hacerse fan de. Se hizo fan de "Yo también me he hecho fan de cualquier pendejada". A 6 personas les gustaban sus publicaciones del muro. Tenía 1 recordatorio de cumpleaños. Cogió el abrigo del perchero y se dispuso a salir. Desandó sus pasos hasta la sala para recoger el iPad olvidado. Al tomarlo tuiteó un poco: Llueve. La calefacción funciona. Una remesa de cognac llegó ayer por la mañana. Quizá debiera mejor quedarme en casa. Escucho a Lady Gaga...

viernes, 7 de mayo de 2010

Desenterrar los días. Capítulo 8

Otras veces aparecía en sus sueños una cuadrilla de niños que en andrajos y con hambre deambulaban por la ciudad desierta. Desolada, parecía como si por la noche sus habitantes hubiesen hecho las maletas y se hubieran ido. Como si esa noche hubieran consumado un plan secreto elaborado mucho tiempo atrás para fugarse. El silencio de la calle era insultante. La limpieza de las estaciones del Metro hería, como si antes de partir, los moradores hubieran salido a cumplir con una póstuma gesta consistente en limpiar la ciudad toda.

Los niños caminaban en grupos entre las grandes avenidas, Insurgentes, Reforma, Tlalpan, Cien Metros, Universidad, Zaragoza, Chapultepec, Misterios, Río de la Piedad, Félix Cuevas, Río de los Remedios, Izazaga, Marina Nacional, Circunvalación, Las Torres, San Joaquín, Congreso de la Unión, Circuito Interior, Oceanía, Eje Uno Norte, Politécnico, Fray Servando Teresa de Mier, Arcos de Belén, Bucareli. Entraban en los vagones del Metro abandonados, aparcados en todas las estaciones destino: Indios Verdes y Universidad, Tasqueña y Cuatro Caminos, El Rosario y Martín Carrera, Tezozómoc y Barranca del Muerto, Tacubaya y Politécnico, Guerrero y Constitución de 1917, Santa Anita y La Paz, Ciudad Azteca y Buenavista, Pantitlán y Observatorio, aunque por la cantidad de líneas que allí confluían, era en Pantitlán en donde más trenes habían sido abandonados y era como si aquel enjambre de trenes fuera una incubadora de sierpes que crecían y se multiplicaban en silencio esperando el momento, algún momento, no sabía cuál, para salir a reptar por los túneles de la ciudad e invadirlo todo.

Su angustia se volvía pavor frío, porque conforme avanzaba el sueño veía entrar y salir a los niños de las bocas del Metro buscando comida y padeciendo el mono de unas drogas que quizá nunca habían probado, o tal vez sí, porque si eran niños y estaban en la calle y en andrajos, entonces sí que habían probado las drogas, o por lo menos inhalado pegamento alguna vez como paliativo contra el hambre.

No se veían tristes o desamparados. Ninguno lloraba. No había demostraciones de afecto entre sí pero tampoco había gestos de violencia que los indujera al saqueo o a riñas. Acaso se paraban frente a los aparadores de los Sanborns oscuros y contemplaban con deseo las muñecas de rubios caireles y vestidos de seda, los carros de control remoto, las cajas de chocolate, los bolsos y los frascos de perfumes caros. En el sueño los niños permanecían largo rato a los aparadores y el sueño se quedaba allí detenido, flotando alrededor de esa imagen estática en la que había juguetes de otros tiempos con rebajas del cincuenta mas veinte por ciento, porque ya nadie se fijaba en ellos, todos agrupados unos cerca de otros, en organizadores de vidrio inmóviles en los escaparates inmóviles frente a los niños inmóviles en un sueño inmóvil, un sueño compartimentado como todo en esa enorme caja de muñecas rusas que era la ciudad entera.

No podía despertar, se revolvía en su cama sudorosa, emitía leves gruñidos de angustia mientras los niños seguían apareciendo por todas partes, como si decidiesen –ante el silencio cómplice de la ciudad, un silencio que la hacía estremecerse hasta sus cimientos– salir de los escondrijos en donde largo tiempo habían guarecido sus miserias. En Plaza de la Santa Veracruz los niños comenzaban a reunirse, como si todo formara parte de otra conjura, largamente también acariciada como la de los habitantes desaparecidos. Entraban en el Museo Franz Mayer y examinaban entre el pasmo y la inocencia, teteras y muebles de ébano y nogal, joyas y vestidos. Luego el sueño los transportaba a la Iglesia de San Hipólito y después a la Alameda, por donde caminaban y caminaban pero no se sentaban nunca, como si esperaran algo, o a alguien, a una señal a la que responderían o una voz que habría de llamarlos. Sin embargo no aparecía nadie en su rescate, ni siquiera estaba el viejo chalado que todo el tiempo deambulaba por el centro con una paloma de cartón en la que se leían mensajes como Tú puedes ser feliz, sonríe, o Urge amor y paz para todos, o a veces incluso, en medio de las manifestaciones, entre las hordas de granaderos, el mensaje del hombre de la paloma decía: También hay militares y policías buenos. No, tampoco el viejo estaba allí con su sonrisa orejuna. Sólo estaban los niños allí, allí y en todas partes.

Estaban también en la estación de trenes Buenavista, en donde los galerones construidos hacía muy poco, parecían ahora viejos osarios de trenes ligeros, modernos y muertos en su modernidad inmóvil. Tlatelolco siempre había olido a muerte desde la matanza mexica perpetrada por los españoles en la noche final del 13 de agosto, o en la noche de los estudiantes del sesentaiocho. Toda la zona era una zona de silencios muertos, aunque la desolación era aún más evidente, porque a la elocuencia de la sangre la sepultaba la elocuencia de los trenes, modernos y muertos en su modernidad inmóvil; trenes que habían ido hecho la ruta a Lechería, Cuautitlán Izcalli y Tlalnepantla y que habían pasado día y tarde por la estación Fortuna, en donde el cartel de No pasar en el sentido opuesto de los torniquetes, era a esas alturas una mera jactancia administrativa.

Toda la zona era una zona de silencios muertos, porque a la elocuencia de las balas la suplantaba la elocuencia muda de los libros mudos de la megabiblioteca Vasconcelos, construida como absurdo mausoleo a la ignorancia de una clase gobernante que antes que Vasconcelista era totalmente Palacio. Los libros yacían abandonados y en espera de lectores, pero los niños no podían entrar, porque allí la orden de no pasar no sólo era una jactancia administrativa sino una imposibilidad taxativa de puertas cerradas. Así que por mucho que los niños desearan entrar no podían y de haber podido quizá tampoco habrían conseguido mucho, pues lo más seguro es que no supieran leer ni escribir, y así, los libros también se resignaban a morir en el silencio de aquella fortaleza inexpugnable. Poco a poco se iban apoderando de ellos la humedad y la polilla y el moho que todo consumen. Y desde las fotografías de las solapas de los libros, los autores también parecían haberse resignado a morir en silencio.

El sueño parecía no tener fin, y la verdad es que el sueño no tenía fin porque era un sueño tortuoso y recurrente en el que de pronto ella se veía buscando a los niños sin saber a qué niños buscaba o si es que los buscaba a todos y no sabía por qué o para qué los buscaba, porque los niños de pronto se esfumaban en medio del horror de aquella siesta. Abría los ojos y pensaba que Niño Perdido no había sido sólo el nombre una calle que lo había perdido todo, hasta el nombre, para llamarse Eje Central. Pensaba que Niño Perdido bien podía ser el nombre de toda la ciudad, porque toda la ciudad era un niño perdido.

viernes, 30 de abril de 2010

La novela anatómica de Javier Cercas


Anatomía de un instante, publicado el año pasado y elegido como el mejor libro del año en España, tuvo una extraordinaria recepción y tiene desde luego una gran factura literaria. Su título se revela exacto para el contenido, puesto que el autor desgrana, a partir de un episodio fundamental en la historia reciente de España, a saber el golpe del 23 de febrero al Congreso. Las imágenes testimoniales disponibles no se extienden más de 34 minutos y 24 segundos, pero su densidad visual y la carga histórica que poseen, le permiten al autor explorar en las zonas oscuras –es este acaso el papel del novelista– del pasado, reconstruir los sucesos que desembocaron en el golpe al Congreso y construir, en medio de innumerables hipótesis que sobre el particular se han escrito, la suya propia, a partir del análisis biográfico de tres hombres: Adolfo Suárez, Gutiérrez Mellado y Santiago Carrillo, alrededor de cuyo carácter en aquellos minutos determinantes, articula la novela.

Habrá quien se pregunte si no se ha escrito ya suficiente sobre el tema, si no se trata acaso de un refrito más del tema franquista y posfranquista, a sabiendas de lo que decía Groucho Marx: “Los grandes éxitos los obtienen los libros de cocina, los volúmenes de teología, los manuales de «cómo hacer…» y los refritos de la Guerra Civil”. Y al menos mi respuesta es en sentido negativo, porque lo que en otras novela es un tema manido, abordado desde puntos de vista recurrentes, o bien como una colección narrativa de sucesos, en la novela de Cercas más que la realidad, se examina la existencia, tal como, decía Kundera en El arte de la novela, debían hacerlo las buenas novelas.

Heredero de Plutarco y de Stefan Zweig, Cercas se dedica en Anatomía de un instante, con mayor detenimiento que el empleado en Soldados de Salamina, a hurgar con paciente esmero en los entretelones de la historia; busca atrapar el momento preciso en que sus personajes descubren los rasgos esenciales de su carácter. Le interesa como a Proust, el alma humana; domina el realismo psicológico de Dostoievski y el monólogo interior de Joyce. A menudo, allí donde la realidad histórica tiene fisuras, Cercas imagina episodios, construye los diálogos posibles, ficcionaliza alrededor de lo que pudo haber ocurrido ante la imposibilidad de representar lo real.

Ya en Soldados de Salamina, Javier Cercas había realizado una inmersión en la dimensión histórica de la existencia humana, intentando explorar en el in-der-welt-sein (ser-en-el-mundo) heiddegeriano de sus personajes. Sobre la biografía de Rafael Sánchez Mazas había dicho el autor: “no ofrezco hechos probados, sino conjeturas razonables”. En este sentido, Anatomía de un instante demuestra la mayoría de edad literaria del autor y alcanza plenamente uno de los objetivos que había bosquejado en su anterior novela: narrar las gestas de los héroes como Miralles, el soldado que dejó escapar a Sánchez Mazas, héroes fracasados, héroes que recorren toda la obra de Cercas y que en ésta novela llamará “héroes de la retirada”, usando un término de Hans Magnus Enzensberger, héroes como Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo, que saben que su carrera ha llegado al final y que eligen una categoría ética hasta ahora desconocida.

“[…] muchas veces se oyeron llamar traidores. En cierto modo lo fueron: traicionaron su lealtad a un error para construir su lealtad a un acierto; traicionaron el pasado para no traicionar el presente. A veces sólo se puede ser leal al presente traicionando al pasado. A veces la traición es más difícil que la lealtad. […] Tenemos una ética de la lealtad, pero no tenemos una ética de la traición. Necesitamos una ética de la traición. El héroe de la retirada es un héroe de la traición”.
Lector atento de Ortega y Gasset y de sus concepciones del político puro y la intuición histórica, el alegato de Cercas dota del “sentido de la realidad” de que hablaba Isaiah Berlin, exento de juicios morales, a hechos históricos cuestionables y a veces incluso desconocidos. Lo cierto es que si bien Adolfo Suárez es un personaje real, de carne y hueso, ha sido construido ficcionalmente, fiel a las características de la novela autofágica y a la metaficción historiográfica que Cercas ha ido construyendo a lo largo de su obra. Suárez es un personaje real, pero en su genoma narrativo el autor encuentra, o al menos eso pretende, la misma sustancia novelesca del Julien Sorel de Stendhal, del Lucien Rubempré de Balzac o del Frédéric Moreau de Flaubert.

Acaso sean sus cualidades de rétor mostradas a lo largo de la novela, una insistencia excesiva, pero también hay que decir que es éste, su muy particular estilo, construido a base de repeticiones, con la dimensión musical de la letanía, lo que logra la honestidad del autor que corrige su texto como un work in progress constantemente. Revela sus intenciones sin artificio, o quizá es este el artificio, desvelar de golpe la hipótesis para volver sobre ella y corregirla, matizarla, deconstruirla con escrúpulos de sinólogo.

Autocrítico, Cercas desconfía de sí mismo, construye su propio monólogo interior, que a diferencia del modelo de Joyce, no se encuentra inserto en la cabeza de sus personajes, sino como un conflicto interior del Javier Cercas narrador, que se pregunta si su novela no será “una fantasía añadida a las incalculables fantasías que rodean el 23 de febrero, la última y la más insidiosa”; también se pregunta si preguntarse por el significado de un gesto –Suárez sentado en su escaño mientras las balas de los golpistas zumban alrededor suyo– no equivaldrá a formular una pregunta equivocada.

Sea como fuere, Anatomía de un instante, al igual que la obra anterior de Javier Cercas, enfatiza el valor mismo de la creación mientras se escribe también como un intento de arrojar luz sobre un episodio histórico del que aún se sabe muy poco. Mediante la ficción histórica, el relato basado en hechos reales, Cercas busca también ir construyendo una realidad más allá de la línea ya superada entre realidad y ficción, crónica periodística y biografía.

viernes, 23 de abril de 2010

A propósito del Premio Cervantes de José Emilio


José Emilio Pacheco ha recibido hoy el Premio Cervantes de Literatura. Por la mañana releí su último poemario La edad de las tinieblas, porque el mejor homenaje que uno puede hacerle a los autores que aprecia, es leerlos y releerlos. Me detuve en Ámbar, un poema místico en donde la mirada del poeta se vuelca sobre los objetos acumulados en el gabinete y concluye como el salmista que, vanidad de vanidades, todo es vanidad. La vida es etérea, y no corresponde a nosotros intentar detenerla, "la vida está hecha para ser y desvanecerse, no para atestarla de souvenirs. Hacerlo peca contra la fugacidad, niega la naturaleza indestructible del cambio." En esta poesía, reflejo de la honda experiencia del poeta, José Emilio revisa alrededor suyo y como siempre reescribe, levanta los objetos y los cambia de sitio, se deshace de lo que ya no sirve o de aquello que antes pensaba que servía y cuya futilidad ahora observa.

El verso que algunos citan hoy con tanta insistencia, con motivo de los recientes premios obtenidos por el poeta, adquiere otro cariz si se lee su poesía desde la experiencia vital que le acompaña: “Ya somos todo aquello/ contra lo que luchamos a los veinte años” (Antiguos compañeros se reúnen). No, no se refiere José Emilio a lo que los medios han querido señalar, a saber, su integración a un establishment cultural, al reino de las letras y de los laureles. Quizá la prosa poética de La edad de las tinieblas, y en suma la poesía de madurez de José Emilio, está libre de esas ataduras del escriba de los veinte años; se ha liberado el poeta como de la lucha contra el ángel hasta el amanecer y puede escribir con soberana libertad porque sabe cómo hacerlo.

Su búsqueda parte del encuentro con la tradición, porque José Emilio es no sólo un gran poeta sino un gran estudioso de la poesía. A él debemos la preparación de la magnífica Antología del modernismo, que supo explorar en el modernismo hasta entonces citado genéricamente, muchos modernismos: el de Manuel Gutiérrez Nájera, el de los poetas de provincias Ramón López Velarde y Francisco González León, la postura radical de Manuel José Othón, pasando por el archiconocido Tablada, hasta llegar al “ángel exterminador” Enrique González Martínez”. No es menor su faceta de traductor. Sus traducciones de lenguas que no habla, como el japonés, son traducciones espléndidas, porque se trata de una voz creativa que reinterpreta lo que lee para la suya, la lengua de Cervantes. José Emilio pone su pluma al servicio de la poesía y como en el caso de su Antología, al servicio de los grandes poetas.

La añoranza, la mirada que revisa el pasado es un elemento central de La edad de las tinieblas, y quizá de toda su obra, tanto poética como narrativa. Hay poemas como Mexican curious: Jumping beans venidos de la misma raíz nostálgica que Las batallas en el desierto. El poeta reconoce la atmósfera de la ciudad en que vive y rememora los tiempos pasados. No es, no obstante, su añoranza, cursilería ramplona, sino que se sirve de ella para reflexionar sobre nuestra soledad y nuestro destino. "Me pregunto quién se divierte con nuestros sobresaltos", escribe. Sigue mirando alrededor suyo con ojos niños y quizá sea El único tesoro, el poema que mejor resume su tentativa poética. Escribe: "Él sigue buscando aunque sepa que lo aguarda siempre el desengaño. La esperanza, por absurda que sea, triunfa siempre contra la experiencia abrumadora."

Este año, José Emilio ha ganado los dos máximos galardones que puede recibir un poeta de lengua española. El Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y el Premio Cervantes. Ha dicho que destinará el premio a gastos médicos. Ha dicho que el premio debieran ganarlo los jóvenes de treinta años, que aún pueden disfrutarlos. Hubiera querido que el premio lo ganara Cervantes, cuya vida fue miserable y entre penurias, como es a menudo la vida mendicante de los poetas. No se trata solamente de un discurso. El poeta Pacheco no aspira a la inmortalidad, no se envanece de su obra y eso es algo que se agradece porque rara vez podemos apreciarlo en la inmensa República de las Letras. Escribe con humildad de escriba y con mirada calcinante sobre su tiempo. Así lo hace en Museo del novelista o el porvenir de otra ilusión: "En vez de levantar mausoleos inhabitables entreguemos al fuego, al viento y no a la urna las cenizas de lo que fuimos y de lo que hicimos." Y de un modo más alegórico y jocoso escribe Ibis, sobre un sapo que se envanece de "ser" el mejor poeta de su charca. Acto seguido una garza lo engulle mientras dice: "Eras". Tras un elogio fúnebre del coro, nadie vuelve a acordarse del "sapoeta". El tema persiste en todo el poemario, aparece una y otra vez; de nuevo en Los versos de la calle: "Hay demasiados versos en el mundo. […] dentro de poco ellos también se habrán evaporado. Nuevas legiones atestarán las ciudades", concluye con humildad el hoy laureado.

Enhorabuena, maestro. Enhorabuena, querido Gordo.

martes, 20 de abril de 2010

Para conquistar al mundo en martes

1. La vida de Salvi.
—¿Quiénes sois?
—Somos Eloy y Mallo.
—¿Eh?
—Que somos los afterpop, Eloy y Mallo.
—Bueno, vale, y ¿qué hacéis un sábado por la tarde dando vueltas en la Fundación? Pues vaya una mierda de afterpop.
—Venimos a Cosmopoética y a conocer a Salvi.
—¡Y encima con coñas!

2. El almuerzo.
La escena transcurre en el comedor, con un cocido preparado por Encarna de por medio:

Danner: Sí, sí, van de raros, pero yo creo que ahora mismo les va muy bien.
Ale: Hombre, a Mallo seguro que le va muy bien, eso está claro.
Mario: Eh, pero el Porta sí que debe tener problemas económicos, a juzgar por las botas chanas que traía.
Juli: El Porta fijo tiene problemas sexuales, fijo.
Paco: Pues el balón ese que bajó estaba muy bien, eh.

Entonces despierto. Me doy cuenta de que son las cuatro con veinte de la madrugada y que ya ni en mis sueños me dejan en paz estos mutantes. Seguro que existe un plan para conquistar al mundo. Fernández & Fernández. Me quedo pensando un rato. Me da sed. Me levanto para ir al baño. Se me esfuma el sueño. Luego me pongo a transcribir estos diálogos.

martes, 13 de abril de 2010

Post que va de Cosmopoética, Andalucía, Houllebecq, Miguel Hernández y el Betis


En Andalucía, región proclive a la fiesta sensual y al despiporre callejero, hay convites para todos los gustos tan pronto termina el invierno. Apenas hace unos días pasaron las celebraciones de semana santa, provistas de fastos y oropeles, costaleros y penitentes, bandas y legionarios, cantaores y vírgenes bajo sospecha, rezanderas de risa y rezo. Y parece que no hay tiempo para recuperarse. Después vendrá la feria y ya no habrá vuelta atrás; será tiempo de irse resignando a la siesta y también a la playa porque llegará el verano. Pero por lo pronto, mañana inicia en Córdoba el festival de poesía más grande del mundo, Cosmopoética. Ya el simple hecho de que haya poetas por toda la ciudad, paseos poéticos y pendones que cuelgan de las ventanas con versos, debiera ser motivo de poner a esta ciudad bajo sospecha. ¿Un festival de poesía? Versos que pretenden homenajear a Miguel Hernández en el centenario de su nacimiento -quien dicho sea de paso, no es un poeta que goce de mis simpatías- sacándolo de contexto. Hay que ver lo sosos que resultan los poemas mutilados y ondeando al cielo andaluz con cosas como:

Nunca: la escoba nunca será crucificada,

porque la juventud propaga su esqueleto

O bien:

La cebolla es escarcha

cerrada y pobre.

Pues sí, para la chunga y la pachanga, los andaluces se las arreglan muy bien, así sea el motivo un poeta, Abderramán I o un partido del Betis. El caso es que a mí me sigue pareciendo muy sospechoso todo esto y estoy a punto de adherirme a la propuesta de mi amigo El Juli, que quiere salir a pegar a todo aquel que se diga poeta en mitad de la calle. Sería algo así como los druguis de Kubrick en versión postpoética, para decirlo en sintonía con la manía afterpop que trae de cabeza al bajo mundillo literario español.
 
El punto es que mañana se inaugura Cosmopoética y que a las 20:30 en el Alcázar estará el emo Michel Houllebecq y como dice el sabio Germán Dehesa, aikir.
 
El programa completo está aquí http://www.cosmopoetica.es/index.php y destacan las presentaciones de Cees Noteboom, Pere Gimferrer, William Ospina y Enrique Morente, anunciado al alimón con Luis García Montero. Pues eso.

sábado, 3 de abril de 2010

Aquella noche no llovió

—Sico, por favor.
—Nomás hay Trojan, joven.
—Bueno, Trojan.
—Cuarenta pesos.
—Ah, y unas palomitas de maíz.
—Con mantequilla o naturales.
—Naturales si es tan amable.
—Seis cincuenta. Cuarenta y seis cincuenta, pues.
—Y bueno.

lunes, 22 de marzo de 2010

Minimalismo cultural a.k.a Analfabetismo funcional


No tengo que explicar por obvio: los contenidos de la televisión española son malísimos. Tampoco pretendo realizar comparaciones, pues salvo contadas excepciones, la telebasura es uno más de los signos de nuestro tiempo en cualesquier latitud del planeta.

Los contenidos televisivos son hirientes cuando no sexistas (como recientemente ha acusado el Instituto de la Mujer sobre Generación Ni-ni de la Sexta) y parecen elaborados con el fin de sorberle el seso a una nación que tiene la segunda tasa más alta de paro en toda Europa. El catálogo es amplio, e incluye programas como Generación Ni-ni, reality show de jóvenes que ni estudia ni trabaja; o Hermano mayor, que escoge a jóvenes de rebeldía manifiesta en el seno familiar y que son puestos en manos de un exmedallista olímpico y exdrogadicto, que con métodos poco ortodoxos intenta rehabilitarlos para su inclusión social y familiar. Violencia, palabras altisonantes, sexo, excesos, haraganería y un toque de morbo son los componentes de estos programas que sumados al amplio escenario futbolístico semanal (Champions League, Liga Española, etcétera, etcétera) mantienen a la juventud pegada al televisor los siete días de la semana.

Mi estupefacción alcanza el cenit al ver ¿Quién vive ahí?, un programa que consiste en elegir una casa con un estilo destacable y entrevistar a los habitantes de ésta para que le cuenten a la teleaudiencia sus bondades. Cada quién resalta lo que considera el sello distintivo de su inmueble: la decoración con motivos zen; la arquitectura del siglo XVI; los trajes de época que conservan; las mejoras realizadas por mano propia; los muebles estilo Luis XV. Cada propietario se encarga de rubricar por cuenta propia su estilo y asegurarse de que a los espectadores les quede muy clara la felicidad que les invade viviendo en aquel sitio.

En el programa de hoy han mostrado una casa que obedece a pie juntillas los principios del feng shui, situada en una colina de la costa andaluza. Al fondo el mar calmo. La dueña asegura que esa casa elegirá a su siguiente dueño y no duda un segundo al hablar de las propiedades bienhechoras del lugar, puesto que allí pasó unas vacaciones familiares el actual presidente de España, dice.

Cuando creo que ya he visto la mayor excentricidad o estupidez del programa, aparece una pareja de jóvenes madrileños que abren las puertas de su modernísimo loft para mostrarnos un diseño minimalista de una discreción asombrosa: únicamente se permiten tres colores en toda la casa: blanco y negro predominantes y apenas el rojo como elemento sutil decorativo. Hay una maleta de viaje siempre abierta porque viajan mucho. Sobre la maleta hay un oso de peluche que llevan a todos sus viajes y al que le han abierto un perfil de Facebook. Hay fotos del oso en New York, en Venecia, en París. Una pantalla preside un pasillo, de tal modo que pueden girarla para mirar desde el baño mientras se cepillan los dientes, o -eso no lo dicen pero es una frase elidida-, mientras hacen sus necesidades primarias.

Han mostrado ya la chimenea, la cubertería y es hora de mostrar la biblioteca. Se trata de unas cinco repisas de no más de medio metro de largo, a tono con el conjunto del loft. El novio orgulloso interrumpe para explicar que como veremos, los libros también son blancos y negros en su totalidad. Bueno, en realidad no son libros, corrige, son libros que mandamos a hacer, están huecos, porque si poníamos libros de verdad, el estante no habría aguantado el peso. Abre una de las cajas blancas. El blanco refulge por todos lados, la intensa vacuidad de la caja es elocuente. La cámara hace un paneo, se escucha una canción de moda mientras se ve a la amorosa pareja decir adiós desde la escalera que conduce a la cama. ¿Tengo que agregar algo más?